Esas fueron las palabras exactas que nuestro Padre Fundador, José Antonio Plancarte y Labastida, escribió anhelando consagrarse no sólo a la fe, sino también a la educación católica en México, en tiempos de insuficiencia pedagógica y de vacío doctrinal.
Para ayudar a tan noble y difícil labor, José Antonio Plancarte fundó una congregación religiosa netamente mexicana llamada “Hijas de María Inmaculada de Guadalupe”, que continuaría con su legado sensible e innovador aun cuando él faltase, declarando: